EL LIDERAZGO QUE VENEZUELA NECESITA CONSTRUIR (II)
Emilio Venuti
La transformación del país exige evolucionar desde el
poder concentrado hacia un liderazgo capaz de liberar el talento, la iniciativa
y la responsabilidad de millones de venezolanos.
En mi artículo anterior, Venezuela necesita volver a
ver, recurrí a la poderosa metáfora de José Saramago en Ensayo sobre la
ceguera, para reflexionar sobre uno de nuestros grandes desafíos colectivos:
recuperar la capacidad de ver con claridad dónde estamos, reconocer nuestros
errores, descubrir nuestras posibilidades y comprender el mundo que está
emergiendo ante nosotros. Planteaba entonces que Venezuela necesitará formar
una nueva generación de líderes capaces de mirar más lejos, preparados para
ayudar a reconstruir el país, posicionarlo dentro de una realidad geopolítica profundamente
diferente y, algún día, convertir nuevamente a Venezuela en una nación capaz de
proyectar luz más allá de sus fronteras.
Aquella reflexión conduce hacia una segunda pregunta:
¿qué hacemos cuando finalmente podemos ver? Recuperar la visión representa el
comienzo. El siguiente desafío consiste en convertir esa visión en capacidad
colectiva para transformar la realidad. Podemos reconocer nuestros problemas,
identificar oportunidades, comprender las transformaciones que están ocurriendo
en el mundo y formar personas extraordinariamente preparadas para conducir los
cambios. La magnitud de la tarea venezolana nos invita, además, a revisar una
idea profundamente arraigada en nuestra cultura: nuestra manera de entender el
liderazgo.
Una nueva manera de ejercer el poder
Durante buena parte de nuestra historia hemos asociado
liderazgo con poder. Admiramos figuras fuertes, decididas y carismáticas.
Esperamos que alguien señale el camino, tome decisiones, resuelva problemas y
conduzca a los demás hacia un destino mejor. Esta concepción ha colocado
enormes expectativas sobre quienes ocupan las posiciones más altas y ha
contribuido a desarrollar una cultura donde la autoridad y la capacidad de decisión
tienden a concentrarse.
La Venezuela que aspiramos a construir ofrece la
oportunidad de evolucionar hacia una concepción diferente. En Leading Through:
Activating the Soul, Heart, and Mind of Leadership (Liderar a través de las
personas: activando el alma, el corazón y la mente del liderazgo), Kim B.
Clark, Jonathan R. Clark y Erin E. Clark proponen precisamente una
transformación de esta naturaleza. Los autores contrastan dos paradigmas: power
over (poder sobre las personas) y leading through (liderar a través de las
personas).
El primer paradigma concentra la autoridad y la
capacidad de decisión. Las decisiones descienden desde los niveles superiores y
las estructuras privilegian el control, la supervisión y el cumplimiento. El
segundo propone ejercer el liderazgo a través de las personas, creando las
condiciones para que puedan desplegar su conocimiento, iniciativa, creatividad
y capacidad para resolver problemas alrededor de un propósito compartido.
En este segundo modelo, el trabajo del líder
evoluciona: además de orientar y tomar decisiones, debe desarrollar
capacidades, generar confianza, compartir información, crear espacios para la
iniciativa y movilizar el talento colectivo. Esto forma parte de las propuestas
de transformación que he planteado en Bienvenidos al futuro. Estoy convencido
de que uno de los mayores recursos disponibles para transformar Venezuela ya
existe. Está en nuestra gente.
El alma, el corazón y la mente del liderazgo
Los Clark utilizan tres dimensiones para explicar su
nuevo paradigma: alma, corazón y mente. El alma del liderazgo proporciona
propósito, visión, significado y disciplina moral. Toda transformación nacional
necesita una idea suficientemente clara acerca del destino que pretende
alcanzar. Una sociedad requiere algo más profundo que una colección de
proyectos, inversiones y políticas públicas; necesita construir una visión
compartida acerca del país que quiere llegar a ser.
¿Qué Venezuela queremos construir dentro de veinte o
treinta años? ¿Qué principios deberían sostenerla? ¿Qué oportunidades queremos
ofrecer a nuestros hijos? ¿Qué posición aspiramos a ocupar en el mundo? Estas
preguntas pertenecen al alma del liderazgo porque obligan a conectar las
decisiones del presente con un propósito superior y una perspectiva de largo
plazo.
El corazón representa nuestra capacidad para conectar
con las personas, comprenderlas, cuidarlas y ayudarlas a crecer. Venezuela
necesitará reencontrarse después de décadas de polarización, migración,
dificultades económicas y deterioro institucional que han dejado profundas
heridas. Recuperar infraestructura será una tarea inmensa; recuperar confianza
exigirá también tiempo, coherencia y una enorme capacidad para reconocernos
nuevamente como parte de una misma sociedad. El liderazgo tendrá que generar
espacios donde las personas puedan sentirse partícipes de un proyecto común y
percibir que sus capacidades, experiencias y aspiraciones tienen un lugar
dentro de él.
Finalmente está la mente. Allí el propósito y el
compromiso se convierten en acción. La mente representa conocimiento,
aprendizaje, innovación, capacidad para resolver problemas y disposición para
adaptarnos continuamente. La Venezuela del futuro tendrá que aprender muchísimo
y hacerlo rápidamente, porque deberá reconstruirse mientras simultáneamente se
adapta a transformaciones tecnológicas, económicas, energéticas y geopolíticas
que avanzan a una velocidad extraordinaria.
Una sociedad capaz de producir liderazgo
La consecuencia más importante de este paradigma para
Venezuela es que la transformación requerirá liderazgo distribuido por toda la
sociedad. El futuro dependerá de dirigentes nacionales capaces, pero también de
miles de personas ejerciendo liderazgo desde los espacios donde pueden producir
cambios concretos. Esto cambia el rol del ciudadano, de ser un simple
espectador a convertirse en protagonista de su propia sociedad.
Un maestro que transforma su escuela ejerce liderazgo.
También lo hace un médico que mejora la atención de su hospital, un empresario
que crea empleos dignos, un funcionario que simplifica un proceso y recupera la
confianza del ciudadano, un alcalde que moviliza a su comunidad, un científico
que convierte conocimiento en soluciones o un emprendedor que transforma una
necesidad en una empresa. Un venezolano de la diáspora que conecta
conocimiento, inversión, tecnología o relaciones internacionales con su país
forma parte igualmente de esa red de liderazgo.
Cuando el liderazgo deja de concentrarse únicamente en
quienes ocupan posiciones de autoridad y se convierte en una responsabilidad
compartida, la escala de nuestros desafíos comienza a encontrar correspondencia
con la escala de nuestras capacidades.
Libertad, unidad y responsabilidad
Una de las ideas más interesantes de Leading Through
(Liderar a través de las personas) consiste en combinar dos conceptos
fundamentales: freedom and unity (libertad y unidad). Las personas necesitan
espacio para actuar, decidir, experimentar y mejorar. Al mismo tiempo,
necesitan compartir propósito, información, principios y objetivos. La libertad
de acción adquiere así mayor potencia cuando existe claridad sobre el destino y
responsabilidad sobre los resultados.
Esta combinación puede resultar especialmente
importante para Venezuela. Un país moderno necesita instituciones fuertes y
ciudadanos capaces de actuar; reglas claras y espacio para la iniciativa; una
visión nacional y miles de soluciones locales; coordinación y creatividad. La
fortaleza institucional y la libertad responsable pueden alimentarse mutuamente
cuando existe un propósito compartido.
El liderazgo distribuido no diluye responsabilidades:
acerca la capacidad de decisión, el conocimiento y la iniciativa a los lugares
donde pueden generar mayor valor. Quien recibe mayor libertad para actuar asume
también una responsabilidad mayor por las consecuencias de sus decisiones. De
esta forma, autonomía y responsabilidad avanzan juntas. Cuando eso ocurre, el
liderazgo trasciende la posición y comienza a convertirse en cultura.
De la visión a la acción
Saramago nos ayudó a plantear una primera pregunta:
¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de ver? Los Clark nos
permiten avanzar hacia la siguiente: ¿qué hacemos con nuestra capacidad cuando
recuperamos la visión?
Allí se encuentra la evolución que debemos perseguir: ver, liderar y reconstruir. Primero recuperar nuestra capacidad de ver; después desarrollar una nueva manera de liderar; y finalmente convertir millones de capacidades individuales en una extraordinaria fuerza colectiva de transformación.
Venezuela posee petróleo, gas, minerales, tierras,
costas, biodiversidad y una ubicación geográfica privilegiada. Posee también
algo cuyo verdadero potencial apenas hemos comenzado a dimensionar: millones de
venezolanos, dentro y fuera del país, capaces de aprender, crear, emprender,
servir y transformar. Nuestro futuro dependerá en buena medida de nuestra
capacidad para liberar ese potencial.
Quizás allí encontremos una de las definiciones más
importantes del liderazgo que Venezuela necesitará: un liderazgo que ilumine el
camino y, al mismo tiempo, encienda la luz en los demás.
Ilustración: Gergely Bacsa.
15/08/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/el-liderazgo-que-venezuela-necesita-construir-ii/
Breve nota LB: La segunda ilustración es la que le colocó El Nacional. Obviamente convencional y creada con IA.


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