sábado, 15 de agosto de 2026

Una perspectiva

EL LIDERAZGO QUE VENEZUELA NECESITA CONSTRUIR (II)

Emilio Venuti

La transformación del país exige evolucionar desde el poder concentrado hacia un liderazgo capaz de liberar el talento, la iniciativa y la responsabilidad de millones de venezolanos.

En mi artículo anterior, Venezuela necesita volver a ver, recurrí a la poderosa metáfora de José Saramago en Ensayo sobre la ceguera, para reflexionar sobre uno de nuestros grandes desafíos colectivos: recuperar la capacidad de ver con claridad dónde estamos, reconocer nuestros errores, descubrir nuestras posibilidades y comprender el mundo que está emergiendo ante nosotros. Planteaba entonces que Venezuela necesitará formar una nueva generación de líderes capaces de mirar más lejos, preparados para ayudar a reconstruir el país, posicionarlo dentro de una realidad geopolítica profundamente diferente y, algún día, convertir nuevamente a Venezuela en una nación capaz de proyectar luz más allá de sus fronteras.

Aquella reflexión conduce hacia una segunda pregunta: ¿qué hacemos cuando finalmente podemos ver? Recuperar la visión representa el comienzo. El siguiente desafío consiste en convertir esa visión en capacidad colectiva para transformar la realidad. Podemos reconocer nuestros problemas, identificar oportunidades, comprender las transformaciones que están ocurriendo en el mundo y formar personas extraordinariamente preparadas para conducir los cambios. La magnitud de la tarea venezolana nos invita, además, a revisar una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: nuestra manera de entender el liderazgo.

Una nueva manera de ejercer el poder

Durante buena parte de nuestra historia hemos asociado liderazgo con poder. Admiramos figuras fuertes, decididas y carismáticas. Esperamos que alguien señale el camino, tome decisiones, resuelva problemas y conduzca a los demás hacia un destino mejor. Esta concepción ha colocado enormes expectativas sobre quienes ocupan las posiciones más altas y ha contribuido a desarrollar una cultura donde la autoridad y la capacidad de decisión tienden a concentrarse.

La Venezuela que aspiramos a construir ofrece la oportunidad de evolucionar hacia una concepción diferente. En Leading Through: Activating the Soul, Heart, and Mind of Leadership (Liderar a través de las personas: activando el alma, el corazón y la mente del liderazgo), Kim B. Clark, Jonathan R. Clark y Erin E. Clark proponen precisamente una transformación de esta naturaleza. Los autores contrastan dos paradigmas: power over (poder sobre las personas) y leading through (liderar a través de las personas).

El primer paradigma concentra la autoridad y la capacidad de decisión. Las decisiones descienden desde los niveles superiores y las estructuras privilegian el control, la supervisión y el cumplimiento. El segundo propone ejercer el liderazgo a través de las personas, creando las condiciones para que puedan desplegar su conocimiento, iniciativa, creatividad y capacidad para resolver problemas alrededor de un propósito compartido.

En este segundo modelo, el trabajo del líder evoluciona: además de orientar y tomar decisiones, debe desarrollar capacidades, generar confianza, compartir información, crear espacios para la iniciativa y movilizar el talento colectivo. Esto forma parte de las propuestas de transformación que he planteado en Bienvenidos al futuro. Estoy convencido de que uno de los mayores recursos disponibles para transformar Venezuela ya existe. Está en nuestra gente.

El alma, el corazón y la mente del liderazgo

Los Clark utilizan tres dimensiones para explicar su nuevo paradigma: alma, corazón y mente. El alma del liderazgo proporciona propósito, visión, significado y disciplina moral. Toda transformación nacional necesita una idea suficientemente clara acerca del destino que pretende alcanzar. Una sociedad requiere algo más profundo que una colección de proyectos, inversiones y políticas públicas; necesita construir una visión compartida acerca del país que quiere llegar a ser.

¿Qué Venezuela queremos construir dentro de veinte o treinta años? ¿Qué principios deberían sostenerla? ¿Qué oportunidades queremos ofrecer a nuestros hijos? ¿Qué posición aspiramos a ocupar en el mundo? Estas preguntas pertenecen al alma del liderazgo porque obligan a conectar las decisiones del presente con un propósito superior y una perspectiva de largo plazo.

El corazón representa nuestra capacidad para conectar con las personas, comprenderlas, cuidarlas y ayudarlas a crecer. Venezuela necesitará reencontrarse después de décadas de polarización, migración, dificultades económicas y deterioro institucional que han dejado profundas heridas. Recuperar infraestructura será una tarea inmensa; recuperar confianza exigirá también tiempo, coherencia y una enorme capacidad para reconocernos nuevamente como parte de una misma sociedad. El liderazgo tendrá que generar espacios donde las personas puedan sentirse partícipes de un proyecto común y percibir que sus capacidades, experiencias y aspiraciones tienen un lugar dentro de él.

Finalmente está la mente. Allí el propósito y el compromiso se convierten en acción. La mente representa conocimiento, aprendizaje, innovación, capacidad para resolver problemas y disposición para adaptarnos continuamente. La Venezuela del futuro tendrá que aprender muchísimo y hacerlo rápidamente, porque deberá reconstruirse mientras simultáneamente se adapta a transformaciones tecnológicas, económicas, energéticas y geopolíticas que avanzan a una velocidad extraordinaria.

Una sociedad capaz de producir liderazgo

La consecuencia más importante de este paradigma para Venezuela es que la transformación requerirá liderazgo distribuido por toda la sociedad. El futuro dependerá de dirigentes nacionales capaces, pero también de miles de personas ejerciendo liderazgo desde los espacios donde pueden producir cambios concretos. Esto cambia el rol del ciudadano, de ser un simple espectador a convertirse en protagonista de su propia sociedad.

Un maestro que transforma su escuela ejerce liderazgo. También lo hace un médico que mejora la atención de su hospital, un empresario que crea empleos dignos, un funcionario que simplifica un proceso y recupera la confianza del ciudadano, un alcalde que moviliza a su comunidad, un científico que convierte conocimiento en soluciones o un emprendedor que transforma una necesidad en una empresa. Un venezolano de la diáspora que conecta conocimiento, inversión, tecnología o relaciones internacionales con su país forma parte igualmente de esa red de liderazgo.

Cuando el liderazgo deja de concentrarse únicamente en quienes ocupan posiciones de autoridad y se convierte en una responsabilidad compartida, la escala de nuestros desafíos comienza a encontrar correspondencia con la escala de nuestras capacidades.

Libertad, unidad y responsabilidad

Una de las ideas más interesantes de Leading Through (Liderar a través de las personas) consiste en combinar dos conceptos fundamentales: freedom and unity (libertad y unidad). Las personas necesitan espacio para actuar, decidir, experimentar y mejorar. Al mismo tiempo, necesitan compartir propósito, información, principios y objetivos. La libertad de acción adquiere así mayor potencia cuando existe claridad sobre el destino y responsabilidad sobre los resultados.

Esta combinación puede resultar especialmente importante para Venezuela. Un país moderno necesita instituciones fuertes y ciudadanos capaces de actuar; reglas claras y espacio para la iniciativa; una visión nacional y miles de soluciones locales; coordinación y creatividad. La fortaleza institucional y la libertad responsable pueden alimentarse mutuamente cuando existe un propósito compartido.

El liderazgo distribuido no diluye responsabilidades: acerca la capacidad de decisión, el conocimiento y la iniciativa a los lugares donde pueden generar mayor valor. Quien recibe mayor libertad para actuar asume también una responsabilidad mayor por las consecuencias de sus decisiones. De esta forma, autonomía y responsabilidad avanzan juntas. Cuando eso ocurre, el liderazgo trasciende la posición y comienza a convertirse en cultura.

De la visión a la acción

Saramago nos ayudó a plantear una primera pregunta: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de ver? Los Clark nos permiten avanzar hacia la siguiente: ¿qué hacemos con nuestra capacidad cuando recuperamos la visión?

La respuesta puede definir una parte importante del futuro venezolano. Necesitaremos personas capaces de ver más lejos, comprender un mundo cada vez más complejo y señalar caminos posibles. Su mayor contribución llegará cuando consigan que otros descubran también su propia capacidad para transformar la realidad.

Allí se encuentra la evolución que debemos perseguir: ver, liderar y reconstruir. Primero recuperar nuestra capacidad de ver; después desarrollar una nueva manera de liderar; y finalmente convertir millones de capacidades individuales en una extraordinaria fuerza colectiva de transformación.

Venezuela posee petróleo, gas, minerales, tierras, costas, biodiversidad y una ubicación geográfica privilegiada. Posee también algo cuyo verdadero potencial apenas hemos comenzado a dimensionar: millones de venezolanos, dentro y fuera del país, capaces de aprender, crear, emprender, servir y transformar. Nuestro futuro dependerá en buena medida de nuestra capacidad para liberar ese potencial.

Quizás allí encontremos una de las definiciones más importantes del liderazgo que Venezuela necesitará: un liderazgo que ilumine el camino y, al mismo tiempo, encienda la luz en los demás.

Ilustración: Gergely Bacsa.

15/08/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/el-liderazgo-que-venezuela-necesita-construir-ii/

Breve nota LB: La segunda ilustración es la que le colocó El Nacional. Obviamente convencional y creada con IA. 

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