DAR FRUTO, SER CAUCE
(San Mateo, 21: 33-43)
Una lectura infantil
convierte a esta parábola en una historia de «buenos y malos» y presenta a Dios
como un ser separado –incluso distante físicamente: «se marchó de viaje»- que,
sin embargo, controla y exige a quienes dejó en sus tierras…
Una lectura infantil
convierte a esta parábola en una historia de «buenos y malos» y presenta a Dios
como un ser separado –incluso distante físicamente: «se marchó de viaje»- que,
sin embargo, controla y exige a quienes dejó en sus tierras. No es extraño que
se haya leído así, ya que las dos características señaladas –Dios como ser
separado e intervencionista (exigente)- son muy típicas de los mitos.
Por eso, en cuanto tomamos
distancia del mito –es decir, pasamos de un nivel mítico de conciencia a otro
racional-, algo nos dice que ésa no puede ser la lectura adecuada.
La primera clave de
comprensión nos viene cuando captamos el objetivo que la parábola pretende:
sintetizar la historia de Israel desde la perspectiva de la primera comunidad
cristiana que, por otra parte, se considera a sí misma como el «nuevo pueblo»
que «produce frutos».
Lo que se nos ofrece, por
tanto, es un resumen de la historia del pueblo judío que, no sólo no dio los
frutos esperados, sino que persiguió y ejecutó a profetas y enviados de Dios,
incluido su propio Hijo (Jesús). Por eso –concluye aquella comunidad-, ese
pueblo ha sido reprobado –el castigo que se menciona evoca la ruina de
Jerusalén, en el año 70- y sustituido por un nuevo pueblo elegido: los que han
creído en Jesús, «la piedra desechada» que, sin embargo, ha resultado ser «la
piedra angular».
La cita está tomada del
Salmo 118, uno de los textos del Antiguo Testamento, al que la comunidad
cristiana alude con frecuencia. Parece que encontró en él la explicación de la
paradoja de la cruz: ¿cómo podía ser que el crucificado fuera el Señor? El
Salmo les ofrecía una respuesta contundente.
Hoy podemos comprender que
aquella primera comunidad hiciera esa lectura de la historia del pueblo judío,
teniendo en cuenta, además, el creciente enfrentamiento que vivía con la
sinagoga.
Sin embargo, una necesaria
toma de distancia nos permite acercarnos al texto con nuevos ojos. Y ahí surge,
inevitable, la pregunta: ¿cómo vería Jesús todo eso?, ¿cómo lo viviría?
No parece que sea posible
responder a esas cuestiones con certeza. Por un lado, es indudable el conflicto
que vivió con la autoridad religiosa de su pueblo; pero, por otro, no casa bien
con su mensaje la idea de un Dios separado («el Padre y yo somos uno»), ni la
de la «venganza» divina, ni el proselitismo que desecha a su propio pueblo.
Todo ello parece más típico de la comunidad naciente que del maestro de
Nazaret.
En cualquier caso, podemos
acercarnos al texto desde nuestra conciencia racional, o incluso transpersonal,
para acogerlo desde ella, y permitir que pueda ser «traducido» a nuestro nuevo
«idioma cultural».
Al hacer así, caemos en la
cuenta de que la parábola habla de todos nosotros, cuando no damos fruto. Eso
ocurre cuando vivimos egocentrados, girando en torno a los intereses de nuestro
ego. La identificación con él puede llegar al extremo de «matar a los
enviados», con tal de obtener «beneficios».
Frente a esa trampa, que
conduce a la muerte, la parábola constituye una llamada para que demos «fruto».
Ahora bien, de acuerdo con el propio mensaje del evangelio –tal como hemos ido
viendo en las semanas inmediatamente anteriores-, «dar fruto» no tiene que ver
con las ideas del mérito y la recompensa, sino que es necesario entenderlo
desde la gratuidad.
En este sentido, el «fruto»
–siempre a favor de la vida y de las personas- brota de la comprensión de
quienes somos y pasa a través de nosotros, como de un «cauce» que ni retiene,
ni se apropia, ni presume de ello.
Cada vez que surge alguna de
las actitudes contrarias –apropiación, orgullo, vanagloria…-, es señal de que
nos hemos reducido a nuestro ego: hemos vuelto a vivir egocentrados y a
bloquear el flujo de la vida y del amor a todos los seres.
Parece claro, por tanto, que
el «dar fruto» implica tomar distancia del ego. Lo cual, a su vez, es posible
en tanto en cuanto vamos despertando a nuestra verdadera identidad. Porque,
mientras piense que soy el yo, no podré sino –a pesar de mis buenas
intenciones- vivir para él; sólo en la medida en que comprendo la Identidad
«compartida» (no-dual) que somos, resultará posible una forma de vivir
desegocentrada. No somos el yo, sino la Conciencia que se expresa en la «forma»
de este yo. Para percibirlo, hay que tomar distancia de él, acallando la mente.
Por eso, en cuanto te paras –queda conciencia sin pensamiento-, puedes percibir
que no eres nada de lo que ocurre (nada de lo que piensas que eres), sino el
«espacio consciente» en el que todo ocurre. Y en cualquier momento, aunque sea
fugazmente, puedes experimentarlo.
¿Qué significa, en esta
«traducción», la referencia a Jesús como «piedra angular»? En la tradición
cristiana, reconocemos a Jesús como el «espejo» luminoso en el que todos nos
vemos reflejados, en la No-dualidad que somos. Por eso, podemos llamarlo
«piedra angular» (que no descarta ni –como ocurría en la conciencia mítica-
entra en comparaciones con otras posibles «piedras angulares»: nada de eso
tiene sentido en la conciencia no-dual, porque nada está separado de nada).
Esta es la visión de la
espiritualidad genuina: una espiritualidad que, reconociendo la riqueza de las
religiones y de los textos sagrados de las diferentes tradiciones, las
trasciende. Una espiritualidad, por tanto, transreligiosa y transconfesional.
De ese modo, vamos
abandonando la «estrechez» de la mente y nos podemos abrir a la Vida, a toda
vida, reconociendo en ella a la Mismidad de Lo Que Es, que Jesús llamaba Abbá,
y que las religiones han nombrado Dios.
CANTO A LA VIDA
(Jiddu Krishnamurti)
No tengo nombre,
soy como la fresca brisa de
los montes;
no tengo asilo,
soy como las aguas sin abrigo;
no tengo santuario, como los
dioses misteriosos,
ni estoy en la sombra de los
templos solemnes;
no tengo sagradas
escrituras,
ni estoy sazonado en la
tradición.
No estoy en el incienso
que sube a los altares,
ni en la pompa de las
grandes ceremonias;
tampoco estoy en la dorada
imagen,
ni en el sonoro canto de una
voz melodiosa.
No estoy limitado por
teorías,
ni corrompido por creencias;
no soy esclavo de las
religiones,
ni de la pía asistencia de
sus sacerdotes;
no soy engañado por
filosofías,
ni el poder de sus sectas me
da nombre.
No soy humilde ni conspicuo,
ni apacible, ni violento;
yo soy el Adorador y el
Adorado,
yo soy libre.
Mi canción es la canción del
río
en su anhelo por los mares
inmensos
divagando, divagando.
Yo
soy la Vida…
Ilustración:
29/09/2011:
https://www.feadulta.com/dar-fruto-ser-cauce/
Padre S. Martín: León despierta la fe en Francia mientras Alemania presiona para ordenar hombres casados.
https://www.youtube.com/watch?v=VJY3eMAe95Y


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