DEL RETORNO A LA VIDA PÚBLICA
Luis Barragán
Derrocado Pérez Jiménez, en horas de la madrugada,
todo el país se enteró de la verdadera identidad de los miembros de la Junta
Patriótica encabezada por Fabricio Ojeda y por representantes de los principales
partidos políticos. Inmediatamente salieron de la clandestinidad y de la cárcel
la mayoría de quienes bregaron amargamente contra la dictadura y regresaron
cuanto antes numerosos líderes que no dejaron de contribuir con sus esfuerzos
allende las fronteras, algunos perseguidos y amenazados de muerte en el
exterior y, otros, en vilo en el territorio nacional.
Antes de cumplirse un mes del derrocamiento, estaban
en la calle los dirigentes más noveles con los más experimentados ayudando a
reencaminar el debate y las acciones políticas para contribuir al sostenimiento
de la Junta de Gobierno, al igual que las más variadas expresiones de una sociedad
civil organizada que supo comprometerse a fondo con la tarea de reconquistar
las libertades públicas. Por entonces, no había manual alguno para hacer la
infalible transición democrática, y quizá nunca lo haya, por lo que a punta de
sensatez, humildad, madurez, ideales, pero también realismo creador, la nación salió adelante en medio de las contradicciones,
marchas y contramarchas hasta que felizmente celebró las elecciones que la conspiración
pudo sabotear.
Aceptemos que no hubo tampoco una póliza literalmente
de vida y, menos, de vida política para los millares de venezolanos que
bregaron esa transición afortunada, arriesgado el pellejo propio y el porvenir
personal en la tarea de no regresar al pasado. Y, frente al derroche de las
emociones que varias veces obnubilan, todos concertaron una tregua en la pugna
interpartidista, acordaron poner fin al canibalismo político y prestar mayor
atención a los problemas fundamentales del país.
Ninguno de los disímiles líderes políticos que volvieron
de la clandestinidad, la cárcel y el exilio, incluidos quienes permanecieron
afrontando públicamente las circunstancias, estuvo exento de los altísimos
riesgos de una etapa en la que la Junta de Gobierno confrontó peligros que
también los alcanzaban. Entre las amenazas más conocidas y documentadas
destacan las asonadas de julio y la muy sangrienta de septiembre de 1958, que
ejemplifican los peligros que continuaban acechando a la Junta y que, lejos de
desaparecer, se prolongarían en el golpismo y la insurrección de la siguiente
década.
El retorno a la vida pública de aquellos líderes,
recibidos multitudinariamente en cada ocasión hasta quedarles pequeña la
llamada plaza aérea de las torres de El Silencio, significó trabajar rápida e
intensamente por la reorganización política de las fuerzas democráticas;
además, coincidió ese retorno con la recuperación de los cuadros medios que
ampliaron el campo de acción de las organizaciones. Era legítimo el afán de articularlas
socialmente, elevar las capacidades de representación y de respuestas concretas
a las demandas ciudadanas, entre otras ocupaciones concernientes a la dirección
del Estado y que no podían realizar los empresarios, sindicatos, gremios
profesionales, la academia, los clubes deportivos y recreacionales,
especializados en sus propios menesteres.
Que sepamos, Pompeyo Márquez, Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt
o Rafael Caldera, por citar a los referentes de aquel estelar momento, no se
distraen consigo mismos frente al espejo, sino que reaparecen en los
incontables caminos de la geografía nacional para reconstruir la
institucionalidad partidista y distribuir el liderazgo, conformando sendos
equipos y alentando la unidad de todas las fuerzas democráticas. No por
casualidad, desde la primera campanada de 1958, hay un rico pluralismo
ideológico y dirigencial que supo (auto)organizarse para abortar las
conspiraciones postreras con la contundencia de los libres comicios realizados
en diciembre.
Después de largos años de sometimiento a una situación
de fuerza, la progresiva normalización de las actividades cívicas permitió la
valoración, recuperación y el protagonismo de los vitales cuadros medios
partidistas. El regreso no fue para gozar del reconocimiento de sus seguidores,
sino para dar testimonio de un crecimiento cualitativo que permitiera reorganizar
las fuerzas, ampliar el liderazgo y atender el llamado de la ciudadanía. Y es
que la transición no consiste únicamente en conseguir el poder político, sino
en recobrar la capacidad de hacer política.
Sería una estupidez negar el carácter inédito de la
actual coyuntura venezolana, aunque no es manía de historicistas volver sobre
etapas que supusimos por siempre superadas. El retorno a la vida pública como
prueba de responsabilidad política y oportunidad para convertir la memoria
histórica en experiencia colectiva adquiere, precisamente ahora, toda su
significación.
Fotografías: Jóvito Vilalba y Rafael Caldera reciben a Rómulo Betancourt en el aeropuerto internacional de Maiquetía. El Universal, Caracas, 10&02/1958. Procesadas por IA. .
03/11/2026:
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