LOS JUDÍOS DEL SIGLO XXI
José Rafael Herrera
Cuando se habla de regreso
necesariamente se está hablando de volver. Hay regresos que comienzan cuando ya
no es posible volver al lugar del que se partió. Un desplazado lleva consigo el
peso del mundo que ha perdido mientras reconstruye su inteligibilidad. El regreso
no es solo una cuestión de geografía: es esencialmente una cuestión histórica.
Un regressus es un re-tornar sobre lo vivido, un intento de comprensión de
aquello que, mientras se vivía, permanecía oculto bajo la apariencia de lo
cotidiano. No todo el que se ve obligado a dejar su tierra puede volver. Pero
no todo el que se va tiene la posibilidad de decidir dónde vivir y esta parece
ser la experiencia más desconcertante y dolorosa de la diáspora venezolana del
presente.
Más de nueve millones de
venezolanos viven hoy fuera del país. No todos se fueron por las mismas
razones, ni todos conservan la misma relación con Venezuela. Algunos desean
regresar. Otros no. Algunos esperan que las condiciones políticas cambien para
hacerlo. Otros han reconstruido sus vidas lejos de su patria. Pero existe algo
que los marca, más allá de sus deseos individuales: muchos no pueden decidir
libremente dónde tendrán que continuar sus vidas. Unos no pueden regresar,
porque las condiciones políticas o económicas que provocaron su salida
permanecen intactas. Otros, que tienen razones para temer la persecución, no
pueden ser devueltos sin poner en riesgo la propia existencia. Y otros están
siendo expulsados de los países donde habían conseguido rehacer sus vidas. La
paradoja es cruel: los que se fueron porque no podían quedarse descubren que
tampoco pueden decidir libremente dónde establecerse.
Hannah Arendt comprendió
como pocos esta condición. En Nosotros, los refugiados, compuesto desde su
propia experiencia del exilio, no presenta al refugiado como una simple víctima
de las circunstancias ni como alguien que se ha trasladado de un territorio a
otro. El refugiado constituye una nueva figura histórica: la de aquel que ha
perdido el lugar jurídico-político desde el cual podía aparecer ante los demás
como alguien. No basta con tener derechos abstractamente reconocidos. Es
necesario pertenecer a una comunidad política capaz de reconocer efectivamente
a sus ciudadanos.
De ahí proviene una de las
intuiciones más estremecedoras de Arendt: "el problema del refugiado no
consiste únicamente en haber perdido determinados derechos, sino en haber
perdido aquello que hace posible tener derechos". El refugiado queda
suspendido en un espacio intermedio: ya no pertenece al mundo que abandonó, pero
tampoco pertenece plenamente al mundo que lo recibe. Al igual que los judíos,
los venezolanos conocen demasiado bien esta experiencia. Se trata de una
semejanza histórica que no puede ser ignorada. Es evidente que hablar del
venezolano desplazado no es lo mismo que hablar del judío europeo perseguido
por el nazismo. La Shoá, el Holocausto, constituye una singularidad histórica
que no necesita analogías fáciles para revelar su horror. Sería irresponsable
establecer una equivalencia entre ambas experiencias. Pero reconocer la
diferencia no impide advertir las semejanzas. Y esta última se halla en la
condición histórica que adquiere un pueblo cuando la dispersión deja de ser una
circunstancia individual para convertirse en una forma colectiva de existencia.
Durante siglos, ser judío
significó, entre otras cosas, vivir en la diáspora: conservar su lengua, sus
costumbres, sus vínculos y el recuerdo común lejos del propio territorio. La
expulsión, la persecución y el rechazo convirtieron al extraño en una condición
histórica. El pueblo judío podía integrarse, trabajar, hablar la lengua del
país de acogida y participar de su vida cotidiana, pero la experiencia de haber
sido humillado y expulsado una y otra vez se transformó en una constante de su
historia. Algo de esa estructura histórica ha vuelto a aparecer hoy día, bajo
otras determinaciones. No porque los venezolanos no sean judíos (aunque los
hay). No porque sus tragedias sean equivalentes. No por causa de su religión o
de sus tradiciones, sino porque una parte del mundo contemporáneo se ha
empeñado en revivir el prejuicio del hombre “puro”, ario o gentil, para quien
la figura del strange deja de ser una condición transitoria para devenir “el
enemigo”, el causante principal de sus desgracias.
La diáspora venezolana
constituye uno de los casos más visibles de esta nueva condición. El venezolano
que abandonó su país tuvo que aprender a vivir fuera de casa, reconstruir sus
vínculos, reinventar sus oficios, aprender otras costumbres y demostrar
continuamente que merecía estar allí, donde había decidido estar. Tuvo que
explicar su procedencia, justificar su presencia, acreditar su honradez,
demostrar su capacidad de trabajo y, muchas veces, desmentir los prejuicios
asociados con su nacionalidad. Espontáneamente debió convertirse en extranjero
vigilante de sí mismo.
Pero en distintos lugares,
el venezolano que logró rehacer su vida de pronto quedó sometido a la
incertidumbre de la expulsión. Ya no se trataba de la vieja figura del
extranjero que debe integrarse, sino de alguien que puede ser obligado a
abandonar el lugar donde construyó su nueva residencia y, en determinados
casos, ser enviado de regreso a un país donde teme ser perseguido, encarcelado
o en el que no encuentra las condiciones materiales para reconstruir su vida.
Y, por si fuese poco, la deportación hacia terceros países introduce una figura
premeditadamente cruel. El hombre que no puede regresar a su país de origen
puede ser enviado a un país con el que no posee vínculos. En 2026, se han
documentado deportaciones desde los Estados Unidos hacia terceros países, y los
venezolanos constituyen una proporción particularmente significativa de esas
expulsiones.
El mapa de la diáspora
comienza a adquirir una dimensión absurda: quien huyó de Venezuela puede
terminar en El Salvador, en Liberia o en cualquier otro territorio. El exiliado
deja de ser alguien que vive fuera de su país para convertirse en alguien a
quien tampoco se le permite decidir cuál será su destino. La condición de la
diáspora no solo consiste en estar lejos de su patria. Consiste en experimentar
la ruptura del vínculo espontáneo entre hombre, territorio, comunidad y
pertenencia. El extranjero ya no es únicamente quien vive en otro lugar: es
aquel cuya pertenencia puede ser puesta en permanente cuestionamiento. Es por
eso que el problema del regreso adquiere un significado distinto. El judío de
la diáspora tuvo durante siglos que vivir con la paradoja de pertenecer a una
historia sin disponer de un territorio político propio. El venezolano del siglo
XXI comienza a experimentar, bajo condiciones históricas enteramente
diferentes, una paradoja semejante: pertenecer a un país al que no puede
regresar y vivir en países que pueden decidir que tampoco puede permanecer en
ellos.
Regressus no significa el
deseo en abstracto de volver a Venezuela. Es, más bien, el movimiento
reconstructivo mediante el cual el desplazado vuelve sobre aquello que perdió
para intentar comprender y superar. La distancia convierte la experiencia en
problema. Lo que desde adentro parecía natural -la lengua, la calle, los afectos,
las instituciones, los hábitos, la vida cotidiana- aparece desde afuera como
algo que amerita ser comprendido. El exiliado descubre la paradoja: sólo
después de perder su mundo comienza verdaderamente a contemplarlo. Gris sobre
gris. Este es un descubrimiento que no tiene por qué producir nostalgia.
Tampoco exige el regreso de todos. Porque también el que no quiere volver está
atravesado por la historia de aquello que ha dejado atrás. Puede incluso querer
olvidarlo, pero el mundo perdido continuará actuando en él. Un país no
desaparece cuando se abandona su territorio. Permanece en las imágenes, las
palabras, las costumbres, los afectos, las formas de relacionarse, los
recuerdos familiares y los sueños, las maneras de comprender la autoridad, el
trabajo, la amistad, la política. En fin, en el amor Dei intellectualis. El
desplazado lleva consigo mucho más que un pasaporte: lleva consigo una forma
histórica de ser. Regressus no significa, pues, el simple deseo de regresar a
Venezuela. Significa volver sobre aquello que ha hecho posible ser quien se es.
La historia no vuelve como
vuelve una rueda. Vuelve transformada, bajo otras circunstancias y con otros
protagonistas. Quizá por eso resulte tan inquietante contemplar hoy la
aparición de nuevas diásporas, nuevos extranjeros y nuevas formas de expulsión.
Lo que se creía definitivamente superado reaparece bajo otras figuras. Si bien
el venezolano de la diáspora no es el judío de la historia europea, puede
experimentar algo que la historia judía conoció durante siglos: la expulsión no
termina necesariamente cuando se cruza una frontera. A veces comienza ahí.
En tiempos de xenofobia, los
venezolanos experimentan una condición histórica que recuerda, bajo otras
determinaciones, algunas de las injusticias que durante siglos sufriera el
pueblo judío. Ambos pueblos se han esparcido por el mundo, conservan su lengua,
su religión, sus costumbres y sus recuerdos. Reconstruyen sus comunidades lejos
de la patria, aunque su relación con la tierra abandonada permanece abierta, aun
habiendo tenido que rehacer sus vidas. Quizá la tragedia del exilio no consista
en la imposibilidad de volver, sino en el hecho de que el regreso pueda dejar
de ser una decisión propia. Al final, el regressus es el movimiento del
espíritu de un pueblo que intenta comprender la causa de la experiencia que lo
ha despojado de su derecho a tener un lugar en el mundo.
Ilustración: El Nacional.
29/08/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/08/los-judios-del-siglo-xxi/

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