Los modelos probados de transición pacífica y
democrática no están limitados a un relevo de elencos en la más alta dirección
del Estado, siendo lo más importante y decisivo la recuperación de las
instituciones y capacidades que lo hagan posible después de desnaturalizadas
por el poder despótico. Por ello, la corporación castrense ha de inscribirse en
el proceso de cambio planteado y no al revés. Cuenta con particularidades como
una capacidad coercitiva institucionalizada, interacción y jerarquía propias,
en un ineludible cuadro de vinculación y lógica subordinación constitucional al
poder civil: puede aportar a la crucial y urgida reconstrucción del Estado,
aunque también contribuir a obstaculizarla o deformarla.
John Magdaleno ha advertido sobre la necesidad de no
subestimar el papel de la Fuerza Armada Nacional (FAN) en una transición y, nos
permitimos añadir, por desprestigiada que se encuentre, como lo revela el
contraste entre los estudios de opinión del presente siglo y los del anterior. Muy
fragmentaria la información disponible en torno a la vida interna de la
entidad, en nuestro caso, hemos seguido a Sebastiana Barráez, quien advierte determinadas variaciones en los mandos
militares que reflejan, en alguna medida, el actual momento histórico.
Convengamos: la sola invocación de la Constitución no
es suficiente para interpretar y resolver la cuestión castrense en relación con
la transición, existiendo múltiples aspectos que atender en el campo legal,
reglamentario, procedimental, educativo, presupuestario y meritocrático, así
como las prácticas cotidianas arraigadas en las últimas décadas que no deben
soslayarse. La entidad armada fue atada en la presente centuria a una
concepción y expansión política, administrativa y económica ilimitada del Estado
que confundió las responsabilidades civiles y militares, apelando a las
bayonetas para sostenerse: el Estado Cuartel echó las bases del sucesivo e
improvisado Estado Comunal, comprometido definitivamente en una variedad de
funciones que excedieron el estricto ámbito militar hasta desnaturalizarlo,
militarizando a la sociedad.
El soldado sencillamente dejó de serlo, proyectado
como un simple funcionario público, agente de seguridad interna, operador
político, comisario ideológico, gerente empresarial, gestor público, realizador
local de la doctrina de guerra prolongada. La solución de imposible continuidad
entre el Estado Cuartel y el Estado Comunal condujo posteriormente a la derrota
militar de una forma de poder como la alcanzada y agudizada por el madurato:
acaso, ¿la hipertrofia político-militar fundada en la terca y arbitraria
configuración del enemigo interno no hizo posible que una potencia extranjera
consiguiera extraer de Caracas al entonces comandante en jefe de la FAN y,
además, en tiempo récord? Sin embargo, esa derrota, igualmente moral, no
resolvió el problema venezolano: Miraflores capituló ante Washington y no ante
el país.
Luce obvia la necesidad de recuperar al soldado
profesional que viene de serlo anómico y comunal, afectando las capacidades
operacionales y confundiendo la misión misma de la entidad de adscripción y
vida. Vale decir, un soldado profesional, institucional y especializado,
subordinado a un transparente y sobrio poder civil, capaz en lo doctrinario,
tecnológico, personal y corporativo de velar por las armas de la República que
se le confían y ante la eventualidad de un legítimo escenario bélico en defensa
de la nación a la que sirve: la nuestra.
Múltiples las iniciativas pendientes, como la
constitucionalización de las leyes militares con atención a un severo universo
normativo, de control y rendición de cuentas, procedimientos y prácticas
administrativas que no pueden depender de una coyuntura política por más que se
la extienda artificialmente. O los ascensos, que hacen a la institución,
permitiendo seleccionar y configurar los mandos, construir jerarquías,
determinar la carrera, proyectar el porvenir de la corporación armada; valga
acotar, oportunamente introdujimos un proyecto de Ley de Ascensos Militares en
la Asamblea Nacional por 2020.
El control civil de la institución castrense no ha de
significar control partidista alguno, como ha ocurrido irrefutablemente en esta
centuria a pesar de las disposiciones constitucionales, conscientes de las
dificultades que toda transición reporta sobre las fuerzas armadas, que bien
las ilustran los procesos acaecidos al sur del continente décadas atrás. El
soldado profesional no debe desperdiciar y arriesgar su vocación y talento en
tareas distintas a la defensa de la soberanía nacional, integridad territorial,
protección de la infraestructura estratégica, respondiendo a toda amenaza y
peligro externo, permitiendo la confiable administración del monopolio estatal
de la fuerza sin incurrir en un monopolio ilegítimo del debate y la persuasión.
Inferimos de los aportes de Harold Trinkunas que la
subordinación de la FAN no aparecerá espontáneamente con la apertura y
democratización, pues la transición, reivindicada como proceso, exige
capacidades civiles para la gobernanza de la defensa y arreglos institucionales
que confieran estabilidad a las reglas acordadas. La dinámica transicional
obliga a señalar e implementar correcciones, incentivos, logros y
reconocimientos concretos que permitan que haya cabalmente Estado.
Con la transición pacífica y democrática gana la FAN
profesional, institucional y especializada. Y, lo mejor, recobra todo su
sentido republicano.
Ilustración:
https://apuntaje.blogspot.com/2026/09/ejercicios-graficos-para-un-par-de.html
06/10/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/fuerza-armada-en-la-transicion/
Cfr.
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