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martes, 1 de septiembre de 2026

La reconstrucción del Estado

DISOLUCIÓN JUDICIAL: AUDITORÍA DE UN PROCESO

Luis Barragán

En nada debe extrañar que el proceso de disolución social en Venezuela, advertido en los tempranos años ochenta del siglo anterior, auspiciando el ascenso al poder del llamado chavismo, haya consumado sus consecuencias en el específico ámbito judicial para consolidarlo e, inevitable, agotarlo en la presente centuria. El poder político que se hizo despótico y luego disolvente, no merece una explicación a través de sus episodios, anécdotas y vicisitudes aisladas, sino mediante el cumplimiento de un itinerario cínico, complejo, paciente, y - ¿cabe alguna duda? – exitoso tan urgido de una perspectiva de análisis, documentación y profundidad, sobre la pérdida de la independencia judicial en Venezuela y la quiebra misma de la más elemental noción de justicia, universalizado mediante categorías muy rigurosas que superen el trillado discurso de los días que corren.

Hablamos de una herramienta de interpretación que permita adentrarse eficazmente en el problema, explorando y comprobando todas sus manifestaciones, añadido un lenguaje que sustituya los eufemismos que pueblan a la opinión pública, abundando la vocería improvisada. Es tiempo que todas las organizaciones políticas y sociales del país asuman una discusión evidentemente impostergable y de interés común a las puertas de una probable solución que solo la transición puede perfeccionar.

Por ello, experto, pertinente y denso para abordar responsablemente tan perverso fenómeno es el reciente libro de Luis Manuel Marcano Salazar: “El paradigma de disolución judicial: cómo la pérdida de la independencia judicial socava la estabilidad democrática”, publicado bajo el prestigioso sello chileno El Jurista Ediciones Jurídicas, con prólogo de Luis Almagro y presentación académica de Jörg Alfred Stippel.  Fiel testimonio de un exilio académicamente productivo, en medio del dolor de las distancias, el autor hace perfectamente inteligible la materia, no se limita a señalar que hubo la captura, partidización o subordinación del órgano del Poder Público, sino que propone toda una secuencia - debilitamiento, deterioro, fractura – aportando un novedoso paradigma de análisis. Valga acotar, no poca cosa, paradigma que resuelve un punto ciego al introducir la dimensión judicial en la explicación que dan Steven Levitsky y Lucan A. Way del denominado autoritarismo competitivo.

La destrucción de una capacidad tan indispensable como es la relacionada con la justicia de cara a la reconstrucción del Estado en Venezuela, amerita de una inaplazable experiencia democratizadora como la vemos con una extraordinaria claridad en la acuciosa, novedosa y aguda auditoría hecha por Marcano Salazar. El poder político debe volver a sus justas, proporcionadas y genuinas magnitudes, porque – exacerbado y voraz – no puede, sin autodestruirse, arbitrar caprichosamente los conflictos, interpretar la norma, autolimitar su propio poder, ofrecer seguridad jurídica, garantizar derechos, castigar imparcialmente a los criminales, y – una clave insoslayable – suscitar confianza; todo esto, sin incurrir en un suicidio institucional que a la vuelta de la esquina se hace definitivamente político con el colapso.

Incluso, aparentando una amplitud democrática que la fórmula oferta, la elección popular de los jueces como ha acontecido en Bolivia y, ahora, en México, constituye un descarado ardid populista que hace de la disolución judicial una apuesta segura. Forma parte de un repertorio plebiscitario que, entre nosotros, le ha dado solo alcance a la justicia de paz, un nivel más modesto porque ya se ha consagrado el control absoluto en la administración de justicia con consecuencias cada vez más necesarias de atajar, pues facilita el tránsito fatal del autoritarismo competitivo al pleno, aunque personalmente creemos que desemboca paulatina pero seguramente en la desintegración real del Estado.

Impensable que la destrucción de la judicialidad compagine con – así sea - una mínima realización de la democracia, como bien lo ejemplifica Luis Manuel: el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), en beneficio del ocupante de Miraflores, osó invadir las competencias de la Asamblea Nacional, sustituyéndola funcionalmente, y la fractura pasó de lo incidental a lo estructural. La Sala Electoral declaró en desacato en 2016 a la corporación legislativa electa el año anterior, y la Sala Constitucional secuestró las competencias que son privativas del parlamento en 2017.

Ensayando con el paradigma en cuestión, el poder despótico utiliza la justicia, pero no puede destruirla inmediatamente porque necesita conservar una capacidad mínima de funcionamiento; luego restringe progresivamente el universo de quienes reciben protección y confianza, hasta convertir la justicia en un mecanismo de supervivencia de los propios grupos de poder. Según nuestro modesto ejercicio, el beneficio se redujo a la nómina funcionarial y contractual del Estado y después al sector gubernamental dominante: por ejemplo, ha pasado de absolver a todo evento a sus partidarios,  utilizando posteriormente el estrado penal para dirimir igualmente las diferencias entre grupos, corrientes o tendencias que tienden a compactarse en dos o tres bloques de supervivencia en los elencos de poder.

Apuntamos a una inevitable dinámica de descomposición asociada a la violencia que también tercia para frenarla, pero - verbi gratia, PDVSA y su trama de corrupción – todo conduce a la fractura estructural del sistema que pasa del autoritarismo competitivo al pleno. No obstante, conquistado un régimen de obediencia anticipada, ¿deriva en un autoritarismo consolidado o en la desintegración estatal como respuesta inexorable?

La obra, por cierto, muy bien escrita, es portadora de un llamado de prevención para el resto del continente. Entonces, no basta hoy con la excarcelación de todos los prisioneros políticos en nuestro país, la revisión de casos como el de la juez Afiuni o la designación de los nuevos integrantes del máximo tribunal de la República bajo el trámite de la consabida mesa de negociación: encontramos en el paradigma de Marcano Salazar una extraordinaria guía para la reconstrucción judicial del Estado.  

Composición gráfica: IA/lb, portada del libro y pesista cual dama de la justicia: 

https://apuntaje.blogspot.com/2026/08/equilibrio-para-tomar-impulso.html

01/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/disolucion-judicial-auditoria-de-un-proceso/

https://www.eastwebside.com/luis-barragan-disolucion-judicial-auditoria-de-un-proceso.html

miércoles, 20 de mayo de 2026

Patricia Molina

SOLIDARIDAD

Luis Manuel Marcano y Luis Barragán

Solidaridad es definida por el Diccionario de la Real Academia Española como la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. La definición parece breve, incluso insuficiente para la magnitud ética que intenta contener, pero detrás de esas pocas palabras se esconde uno de los conceptos más profundos que la humanidad ha construido para resistir el paso del tiempo, las guerras, las enfermedades, el exilio y la soledad. La palabra proviene del latín solidus, que remite a aquello que es firme, entero, unido, donde cada parte sostiene a las demás para evitar el derrumbe del conjunto. Hay algo profundamente revelador en ello: la solidaridad no nació como una emoción sino como una estructura de sostén. Antes que una virtud, fue una necesidad. El ser humano descubrió muy temprano que aislado podía sobrevivir algunos días, pero solo acompañado podía construir civilización. Allí donde una persona cayó y otra extendió la mano nació una primera forma de solidaridad. Allí donde alguien compartió alimento, refugio o tiempo nació la idea de que la vida humana solo adquiere sentido pleno cuando reconoce la existencia del otro.

La historia de la solidaridad no puede entenderse únicamente como una categoría moral contemporánea ni como un principio jurídico o religioso. Es mucho más antigua que eso. Está presente en las primeras aldeas agrícolas donde las cosechas eran compartidas porque una mala temporada podía significar la desaparición del grupo completo; está en las ciudades antiguas donde el incendio de una vivienda movilizaba a toda una comunidad; está en las grandes tradiciones religiosas que enseñaron que el prójimo no era una figura abstracta sino una responsabilidad concreta. Más tarde, la filosofía moderna convertiría esa intuición en teoría y las revoluciones sociales del siglo XIX comenzarían a hablar de fraternidad, justicia social y cooperación. Pero quizás uno de los momentos históricos donde la palabra adquirió una dimensión verdaderamente universal ocurrió en Polonia durante el siglo XX, cuando un grupo de trabajadores decidió llamar a su movimiento simplemente: Solidaridad.

El movimiento Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, no fue solamente una organización sindical ni una expresión de protesta económica. Fue un acontecimiento moral e histórico. Nació en los astilleros de Gdansk bajo condiciones políticas difíciles y terminó convirtiéndose en una de las fuerzas sociales más influyentes del siglo XX europeo. Lo extraordinario no fue únicamente que cuestionara estructuras de poder aparentemente inamovibles, sino que demostrara algo mucho más profundo: que una sociedad organizada desde el apoyo mutuo podía recuperar espacios de dignidad incluso cuando el Estado parecía haber perdido capacidad de representación. Solidaridad dejó una enseñanza que trasciende la política polaca: cuando las instituciones se agotan, cuando los mecanismos tradicionales dejan de responder, las comunidades humanas suelen descubrir nuevamente el valor de acompañarse unas a otras. La solidaridad aparece entonces no como caridad sino como resistencia; no como limosna sino como afirmación de humanidad.

Pero existe otra dimensión de la solidaridad que rara vez ocupa titulares o páginas de historia. Es la solidaridad pequeña, cotidiana, casi invisible. La de quien envía un mensaje preguntando si hace falta algo. La de quien presta atención. La de quien acompaña en silencio. La de quien comparte información, tiempo o recursos sin esperar reconocimiento. Esa solidaridad no cambia mapas ni derriba gobiernos, pero sostiene vidas concretas. Y quizás allí reside su grandeza. Porque la humanidad escrita con mayúsculas se construye precisamente desde esos actos humanos escritos en minúsculas.

Venezuela, en estos años difíciles, ha conocido de cerca esa solidaridad silenciosa. Allí donde tantas veces las estructuras públicas dejaron de responder con suficiencia; allí donde la salud se volvió incertidumbre para miles de familias; allí donde hospitales dejaron de ser garantía y comenzaron a convertirse para muchos en una carrera angustiosa contra el tiempo; allí donde tantas familias fueron separadas por la migración y el exilio, comenzó a aparecer otra red, menos visible pero profundamente eficaz: la red de personas ayudando personas. Los venezolanos dentro y fuera del país aprendimos a reconstruir una forma de comunidad apoyándonos mutuamente mediante colectas, campañas espontáneas, grupos de ayuda, transferencias pequeñas y plataformas solidarias que han permitido tratamientos médicos, emergencias familiares, estudios y acompañamientos que en otras circunstancias corresponderían a estructuras institucionales más robustas.

Muchos de quienes vivimos fuera del país sabemos que esa solidaridad tiene rostros concretos. Sabemos que hay días donde una conversación sostiene más que una política pública y donde una ayuda pequeña adquiere una dimensión inmensa. Sabemos también que el exilio, además de una experiencia política, es una experiencia profundamente humana donde las redes de afecto y apoyo adquieren un valor extraordinario. Y dentro de esas redes también existe una solidaridad intelectual, igualmente importante: la de quienes han abierto espacios para que otros puedan escribir, pensar, disentir, denunciar, reflexionar, reconocer triunfos, dejar memoria y construir historia.

Durante muchos años, quienes escribimos para El Nacional conocimos -aunque muchas veces el lector no lo percibiera- el trabajo silencioso y constante de Patricia Molina. Periodista de amplia trayectoria, conocida por medio país, ha sido durante años coordinadora de la sección de Opinión del diario. Por sus manos han pasado textos, columnas, debates, ideas y discusiones de decenas de autores venezolanos. Su labor consiste muchas veces en algo que parece pequeño pero que en realidad es inmenso: cuidar el espacio donde circula la palabra. Leer, ordenar, coordinar, insistir, recordar plazos, acompañar procesos editoriales y sostener una sección que terminó convirtiéndose en parte de la memoria intelectual venezolana incluso después del cierre del formato impreso y durante la travesía digital del diario.

Quienes escribimos conocemos bien que detrás de cada texto publicado existe un trabajo invisible. Detrás del autor visible existen personas que leen, que corrigen, que llaman, que preguntan, que mantienen abierto el espacio para que las ideas lleguen a otros. Patricia es desde hace años una de esas personas. Muchas veces ha estado allí sin pedir reconocimiento. Muchas veces facilitó que otros tuvieran voz. Muchas veces hizo posible que artículos que denunciaban, analizaban, registraban o simplemente pensaban el país encontraran un lugar donde existir. Hoy, humildemente, Patricia necesita de nosotros por temas importantes de salud.

Y quizás allí aparece la verdadera prueba de la solidaridad. Porque es sencillo admirar a quienes ayudan cuando están fuertes; lo difícil y lo verdaderamente humano es estar presentes cuando quien sostuvo necesita ser sostenido. La solidaridad auténtica no funciona como una cuenta de retorno ni como una obligación moral automática. Funciona como una memoria ética. Recordamos quién estuvo. Recordamos quién abrió puertas. Recordamos quién sostuvo espacios. Recordamos quién acompañó procesos. Por eso este llamado no nace desde el deber frío ni desde la lástima distante. Nace desde el reconocimiento y desde la gratitud. Muchos de quienes escribimos para El Nacional, muchos de quienes utilizamos esos espacios para denunciar, reflexionar, reconocer logros o dejar testimonio del país que hemos vivido, encontramos también esa ventana gracias al trabajo de Patricia Molina. Hoy queremos pedir que esa solidaridad regrese convertida en gesto.

Por ello, nosotros, Luis Barragán y Luis Manuel Marcano Salazar, autores de El Nacional, acudimos respetuosamente a ustedes para solicitar apoyo para la amiga de todos los autores y lectores, Patricia Molina. No existe aporte pequeño cuando nace del deseo sincero de acompañar. Cada transferencia, cada colaboración, cada difusión suma y representa mucho más que un monto: representa la decisión de no dejar sola a una persona que durante años ha acompañado el trabajo intelectual y periodístico de tantos.

Las señas para colaborar son:

PAGO MÓVIL – Banesco

CI V-6.810.349 

Tlf . 0412 333 27 94

ZELLE

Antonio Molina

antonio_molina@graficheck.com

Cualquier monto, desde el más pequeño, SUMA.

Porque una sociedad no se mide únicamente por sus discursos ni por sus instituciones. También se mide por su capacidad de mirar hacia quien necesita ayuda y decirle, con hechos y no con palabras: no está sola.

20/05/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/05/solidaridad-2/

Cfr. 

https://www.elnacional.com/author/luis-barragan-y-luis-manuel-marcano/

domingo, 22 de febrero de 2026

La cuadratura del círculo (y viceversa)

SOBRE LA IDEA DE VENEZUELA 2026 (*)

Luis Barragán

Hay algo profundamente latinoamericano —casi un rasgo de carácter— en la manera en que cada coyuntura política se ve rodeada, de pronto, por una multitud de expertos sobrevenidos, doctos de la noche a la mañana en las materias más complejas y disímiles. En ese coro estridente, las voces más genuinas —las de los legos atentos y las de los entendidos serios que día a día construyen la opinión pública— deben abrirse paso entre improvisados que decretan transiciones donde no existe asomo alguno, o apenas indicios de un largo y arduo camino por recorrer. Actúan como médicos temerarios: diagnostican una enfermedad grave a partir de un síntoma menor y prescriben, con gesto grandilocuente, una cura improvisada que promete milagros inmediatos.

Por ello resulta especialmente valioso el aporte de Luis Manuel Marcano al debate que suscita el caso venezolano. Su intervención permite combatir una confusión tan generalizada como interesada: la idea de que existe una transición en marcha cuando, en rigor, se trata apenas de una transición sospechada, intuida, deseada, pero que sencillamente no ha comenzado. Ese equívoco no es inocuo. Inyecta desencanto y desesperación en una ciudadanía que espera un cambio auténtico, trascendente, definitivo e histórico, y que corre el riesgo de ver frustrada su esperanza por el abuso del lenguaje y la ligereza del diagnóstico político.  

Cuenta con las herramientas teóricas, la mirada acuciosa, la capacidad de reflexión, el talante político y el sentimiento profundo para un ensayo orientador, preciso y contundente. Calificado académico, corajudo magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, tan injusta y largamente condenado al exilio por el régimen venezolano, aborda con un enorme sentido de responsabilidad un asunto que siempre será novedad mientras no deje de palpitar la vocación por la libertad en este lado del mundo, llevándonos a una conclusión clara: las transiciones se hacen haciéndolas, más allá del anuncio.

El texto no ofrece consuelos fáciles ni proclamas vacías. Se inscribe, más bien, en una tradición seria del pensamiento político latinoamericano que desconfía de las palabras solemnes cuando no están acompañadas de actos fundacionales reales. En ese sentido, Venezuela 2026: la transición que necesitamos no es un ejercicio de futurología ni un manifiesto de ocasión, sino una advertencia lúcida: sin decisiones, sin rupturas verificables y sin construcción institucional sostenida, la transición seguirá siendo un espejismo retórico.

La lección final es tan sobria como exigente. No basta con nombrar la transición para que exista, ni con desearla para que ocurra. Las transiciones no se proclaman: se edifican. Y solo cuando ese proceso comience de verdad, Venezuela podrá decir que ha dejado atrás la larga noche y ha comenzado, ahora sí, a escribir una página distinta de su historia.

(*)  Presentación del libro de Luis Manuel Marcano Salazar: “Venezuela 2026: la transición que necesitamos”, Editorial Torres del Paine, Santiago de Chile, 2026.

Cfr. https://www.elnacional.com/2026/01/la-transicion-que-necesitamos/

Ilustración: Ralph Steiner.

22/03/2026:

https://lapatilla.com/2026/02/22/luis-barragan-sobre-la-idea-de-venezuela-2026/

lunes, 1 de agosto de 2022

Tarea pendiente

CUESTIÓN ESEQUIBO

Freddy Marcano  


Para nadie es un secreto que la universidad venezolana ha sido duramente golpeada por el socialismo del siglo XXI. Se le ha hecho cuesta arriba cumplir con la faceta más visible, como es preparar lo mejor que se pueda a las nuevas generaciones con un presupuesto pírrico y en un contexto de forzadas deserciones de profesores y estudiantes. Y la cuesta ha sido más empinada aún con la otra faceta, la menos visible, como es la de promover la investigación y generar nuevos conocimientos, uno de los fundamentales propósitos de toda casa de estudios superiores. Esto tiende a olvidarse, como si la universidad venezolana fuese un simple centro de adiestramiento, además, precario so pretexto. Sin embargo, con todas las limitaciones en un país de las características adquiridas por el nuestro, hay venezolanos que se esfuerzan al máximo y, con no pocos sacrificios, a contracorriente, investigan nuestras realidades y sostienen iniciativas tan importantes como la revista rigurosamente arbitrada del núcleo Táchira de mi queridísima Universidad de los Andes: Aldea Mundo del Centro de Estudios de Fronteras e Integración “Dr. José Manuel Briceño Monzillo” (CEFI).

En su más reciente edición, sin dejarse arredrar, es decir, amilanar,  por la pandemia, la revista trata un asunto olvidado, bajo el título,  demasiado elocuente, de «Cuestión Esequibo». Como todos sabemos, el tema es vital para los más altos intereses del país. Con las notas de presentación de Francisco Javier Sánchez Chacón y la editorial de Claudio Alberto Briceño Monzón, la revista nos abre un arco interesantísimo y sustancial de trabajos sobre una materia, por cierto, a nuestro juicio, tratada con una cierta ligereza en la opinión pública, pues, hay voces muy serias que indican y argumentan toda la gravedad del problema, al lado de otras temerosas, al extremo, de la censura y represión que, no obstante, lo refieren como si, gratuitamente, ahora estuviésemos compelidos a considerar y hasta actuar en la Corte Internacional de La Haya. Los expertos analistas del discurso podrán advertir que cuidan muy bien de no dejar sentada la responsabilidad del régimen al acobijarse en unos términos muy generosos: se trata de un problema y de una política de Estado. Y lo peor es que, perfectamente, se van de la Asamblea Nacional de 2015 -la cual con todas sus fallas procuró abordar, de manera adecuada, un problema para el cual goza de competencias- a la Asamblea Nacional de 2020 que favorece a Nicolás Maduro como el jefe de una política exterior y de fronteras que no está sujeta a control parlamentario.

Cada uno de los trabajos recogidos en este número especial de Aldea Mundo cuenta con una importancia, calidad y jerarquía académica considerable: “La farsa de París de 1899”, de Manuel Alberto Donís Ríos; “El Esequibo y el parlamento venezolano del siglo XXI”, de Luis Barragán; “Derechos territoriales y ambientales indígenas al sur del Orinoco”, de Vladimir Aguilar Castro;  “La dictadura militar y su reivindicación territorial del Esequibo”, de Rajihv Morillo Dáger;  “Histrionismo de la reclamación esequiba”, de Claudio Alberto Briceño Monzón; “Cuerpo Esequibo/Cuerpo país”, de Fabiola de Navía Guerrero Gamarra para la sección de Análisis y Documentos; y “El reclamo Esequibo” de Néstor Rojas López para la sección de Reseñas.  Particular mención debo hacer de los textos del Dr. Donís Ríos, insigne investigador que ha mantenido académicamente vivo el tema con sus libros; el del diputado Barragán, quien advirtió con antelación los peligros de La Haya, dentro y fuera del parlamento; y el del Dr. Briceño Monzón, relacionado con la sostenida campaña británica que retrató a Venezuela como un país de vocación expansionista decidido a truncar la vida del novel y vecino país.

Resulta inevitable que haga alusión al desempeño que tuve como diputado a la Asamblea Nacional entre 2011 y 2016, porque la reclamación del Esequibo fue parte de mis principales actividades de frecuente bajo perfil, sobre todo porque me tocó también contactar a varios especialistas y activistas que no deseaban tener publicidad alguna, pues temían una posible represalia del régimen. Como se demuestra en uno de los trabajos que compila la meritoria revista de la ULA, en el citado período constitucional se planteó el problema, pero una cosa fue hablar en la cámara las pocas veces que el régimen lo permitió, y muy otra, la de hacer el trabajo de investigación, participar en numerosos foros universitarios, diligenciar infructuosamente el tema en la Comisión de Política Exterior, hasta llegar a la isla de Anacoco e ir más allá del Cuyuní, en un dificilísimo viaje por tierra cuyo regreso fue terrible.

También hubo anécdotas, y permítanme contar una de ellas. Durante mi tiempo en la Asamblea Nacional suscribí también un proyecto de Ley de Estadidad del Esequibo que consignamos debidamente por la secretaría de la AN. Además de consignarlo en la presidencia del Parlamento y las comisiones de Política Exterior, Política Interior y Defensa, lo hicimos con los ministerios de Relaciones Exteriores y de Defensa. Igualmente, nos fuimos Luis Barragán y mi persona a tratar de consignarlo en la taquilla de la presidencia de la República del Palacio de Miraflores. Había numerosas taquillas para atender  peticiones de vivienda, ayudas económicas, medicamentos, etc., pero ninguna que recibiera la comunicación de dos diputados de la República. Llamaron al oficial de turno de la Guardia de Honor y también quedó extrañado porque no acostumbraban a ese tipo de correspondencia. Por fin, nos recibieron la comunicación y el anexo dejando constancia del planteamiento del proyecto de ley, pero a los quince minutos aparecieron unos motorizados civiles muy raros y comenzaron a insultarnos porque se regó que dos diputados de la oposición estaban en el sitio, de modo que salimos rápido, tomando Luis por un lado y yo, por el otro.

Este tema que para muchos ha dejado de ser importante, por la misma situación país, ha sido tocado de manera impecable por los académicos de la ULA. Mi memoria, así como la memoria de muchos otros, no me deja  olvidar que ese territorio fue nuestro, en algún momento. Aunque, en algunos mapas, hasta ha dejado de pertenecer a Venezuela y entró como zona en reclamación, esta zona venezolana refleja nuestro sentir por nuestro territorio. El deseo por ser completos, libres y soberanos desde dentro del país. Este trabajo de insistir, resistir y persistir debe reflejar también nuestro compromiso por la recuperación de la zona del Esequibo, sin dejar a un lado la búsqueda del cambio político que tanto añoramos.

01/08/2022:

https://www.elnacional.com/opinion/cuestion-esequibo

https://www.lapatilla.com/2022/08/01/freddy-marcano-cuestion-esequibo/

lunes, 23 de febrero de 2026

Desenredar la situación

LA TRANSICIÓN QUE TODAVIA NO ES

Luis Barragán

De una sólida fundamentación académica, el libro de Luis Manuel Marcano Salazar constituye esencialmente un aporte a la literatura política que ciertamente extrañamos en el país, a pesar de la larga crisis existencial que padecemos. Recientemente puesto en circulación, “Venezuela 2026: La transición que necesitamos” (Editorial Torres del Paine, Santiago de Chile), aboga por el reconocimiento de una realidad irrenunciable de la que conocemos poco en un contexto caracterizado por cifras económicas, delincuenciales y hasta epidemiológicas precariamente difundidas e interpretadas.

La sobriedad conceptual de la exposición le devuelve la dignidad que alguna vez ostentó la controversia pública, ahora afectada por una degradación semántica, pues asume decididamente la transición como un problema a resolver porque aún continúa intacto el aparato represivo; no hay una reconstrucción jurídica, como lo confirma la novel Ley de Amnistía, ni fractura alguna del poder establecido en trance de reacomodo. El autor, forzado a un injusto exilio, opta por el enfoque institucional-estructuralista combinado con el del autoritarismo resiliente, a juzgar por los autores expresamente trabajados, en clara defensa de la transición como un hecho estructurador verificable en lugar de las infladas expectativas que tienden a imponerse dada la escasa calidad de una polémica asociada a las consignas de ocasión, la improvisación y la anécdota.

Hacer la transición – ante todo – verificable, pacífica, libre, democrática y, añadimos, independiente, significa el cumplimiento de los hitos, mecanismos y procesos inspirados en los principios y valores constitucionales que sean los que cuenten con una arquitectura institucional como condición previa y no como consecuencia del cambio semejante a otras transformaciones materiales, jurídicas y coercitivas, que son las que autorizan una nueva fase histórica. Dado que la crisis política es, por elemental definición, la de su lenguaje, observamos la interesada desinstitucionalización de la palabra compartida a favor de las más pueriles consignas, la pérdida creciente de precisión y significado que Luis Manuel remite a un sostenido daño antropológico y a una hábil polarización de toda inquietud, evento, planteamiento, noticia y quejumbre.

Respecto a la crisis autoritaria administrada desde Washington y que podría convertirse estructuralmente en una transición, nuestro autor procura dar con una naturaleza exacta del proceso, intentando suscitar, jerarquizar y reorganizar un debate de urgencia en la materia. La lectura incluso ofrece una dimensión operativa ya que establece criterios iniciales de evaluación de la experiencia ganada y de la que está por ganarse (monopolio coercitivo, fractura de la coalición dominante, restitución efectiva de la juridicidad, ejercicio legítimo del poder), contribuyendo con elementos y variables para los más adecuados escenarios que todo decisor está en el deber de considerar.

Luce sensata la necesidad de una etapa de estabilización institucional y de recuperación económica, porque no sabemos cuán profunda es la crisis, y cuán traumático es el drama, si estamos dispuestos a definir y consensuar una transición sustentable de la que se conjetura con sorprendente facilidad. Por lo visto, se trata de desactivar a corto plazo una poderosa bomba política de cableaje extendido y confuso, semejante a la desactivación a mediano plazo de una bomba social ejemplificada por la conducta  excesiva y prepotente de los motorizados como activos agentes de la anomia dominante.

Ilustración: Angel Boligan.

24/02/2025:

https://www.elnacional.com/2026/02/de-la-transicion-que-todavia-no-es/


domingo, 7 de abril de 2024

Tejidos de circunstancias

EL RETORNO DE ANDRÉS

Luis Barragán

A Luis Manuel Marcano

Continua, extendida y prolongada, la diáspora venezolana no ha suscitado todo el debate que merece dada la profundidad y trascendencia del drama. Pendiente, como otros, el régimen está diseñado para obstaculizarlo, contaminarlo, confundirlo, enrarecerlo, y, por ello la importancia de una data avalada y aportada por instituciones muy serias que sobreviven a la actual situación.  

Lucen variados los aspectos de la migración internacional que ha llamado la atención del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, en atención a su consabida y esperada radiografía social de Venezuela: ENCOVI 2023, de reciente circulación.  Por ejemplo, ahora tenemos una menor concentración de nuestros paisanos en Colombia y Perú, a favor de España y Estados Unidos, siendo Chile el tercer país receptor; la preeminencia del migrante masculino, o la moderada disminución de las remesas en relación a 2021.

Llama la atención el aumento del flujo migratorio de personas con educación media completa o menos, en contraste con el período dominado por aquellas de un alto perfil educativo (2012-2017).  Faceta que, en sí misma, generaría también una polémica de fondo sobre el futuro venezolano, por citar un caso,  que ya es cada vez más difícil conseguir plazas para el desempeño profesional de la medicina en el extranjero, forzados también los galenos al ejercicio de otros oficios.

Envejecen los nuestros por distantes la latitudes, predominando aquellos que están entre 30 y 49 años de edad, en contraste con 2017, entre 15 y 29 años. Además, siendo tan bajo el porcentaje de los planes concretos de retorno (18%), claro está, debido a la permanencia del régimen socialista, además de los familiares, tememos por quienes definitivamente se queden afuera, sean o no amigos personales; aún más, los que no regresan debido a la persecución y la represión.

Un tejido interminable de circunstancias, puede prolongar más esa estancia que supusimos provisional, y, como le ocurrió a Andrés Bello, después de tantas necesidades y vicisitudes que no le permitieron volver a Venezuela, siguió de largo junto a la familia, contratado por el gobierno de Chile. Y huelga comentar todos los extraordinarios aportes que hizo al gran país del sur, motivo de orgullo los venezolanos.

Y es que caminando hacia el salón en el que se celebró el otorgamiento del doctorado honoris causa a Virginia Betancourt, en la sede de la UPEL, nos detuvimos por un instante frente al busto de Bello, aunque no encontramos el nombre del autor de la pieza.  Pensamos en los coterráneos que hoy están por allá, en Chile, y que, así lo quieran, no pueden   regresar por ahora. 

Fotografía: LB, UPEL (CCS, 29/02/2024). 

07/04/2024:

https://www.lapatilla.com/2024/04/07/luis-barragan-el-retorno-de-don-andres/

lunes, 17 de agosto de 2026

Equilibrio para tomar impulso

DEL TSJ EN EL EXILIO Y LOS ALREDEDORES DE LA TRANSICIÓN

Luis Barragán

Únicamente lo niegan los beneficiarios del actual orden de cosas: las grandes mayorías aspiran a un cambio político y también social, frustrado en distintas circunstancias del pasado, al que la violencia abierta y descarnada ha pretendido responder con una suerte de extorsión a perpetuidad. Empero, el poder despótico se degrada y, cuando advierte la proximidad de su agonía, procura prolongarla a costa de los demás.

No es una peculiaridad venezolana, sino que expone una experiencia universal: la del cambio resistidos, cuyos costos políticos suelen intentar compensarse con los de la vida y la integridad de los inocentes; acumuladas demasiadas amarguras que alimentan el revanchismo, una ruptura precipitada puede traer riesgos inimaginables, incluso con el mantenimiento o regreso del régimen desplazado. De allí la gravísima responsabilidad que recae sobre la conducción política de la oposición, obligada a procurar el cambio sin convertirlo en una nueva fuente de frustración e inestabilidad.

Afortunadamente, la academia estudió desde los años ochenta del siglo pasado las experiencias de cambio producidas en distintos continentes, delimitó su naturaleza, identificó características y fases, y hasta se aventuró a promediar su duración bajo una denominación que pudo ser cualquier otra: transición política. Las ciencias sociales ofrecen perspectivas para aproximarse al éxito o al fracaso, a la tentativa o a la frustración, pero ninguna ha conseguido inventar una receta infalible ni garantizar que pensar una transición equivalga a hacerla.

No otro es el contexto del inmenso problemario judicial que recibirá Venezuela, después de haber sacrificado la noción más elemental de justicia y comprometido la honestidad, competencia y eficacia de sus operadores, desde el magistrado hasta el bedel del despacho. Ya se ha llegado, incluso, a generalizar la desconfianza y el temor en los condominios hacia la figura de los jueces de paz para resolver el pleito vecinal que alguna vez encontró salida, quizá con mayor sencillez y eficiencia, en la antiguas jefaturas civiles.

Ya está fijada la oportunidad para afrontar —o pretender afrontar— la indispensable renovación que ojalá sea integral del Tribunal Supremo de Justicia, y diremos que peor es nada, particularmente después de tantos fracasos en los que la oposición no dispuso de la fuerza que ahora impone Estados Unidos, como tampoco la tuvo cuando pudo invocarse oportunamente el TIAR, tardíamente diligenciado durante el anterior interinato, el de Juan Guaidó.  Esta circunstancia no debería hacernos olvidar a los magistrados que la mayoría de la legítima Asamblea Nacional electa en 2015 designó oportunamente y que, por aceptar aquel nombramiento y juramentarse ante la plenaria, sufrieron persecución e injusto exilio.

Conviene aclarar que la fracción parlamentaria a la que pertenecía quien suscribe no formó parte del comité que procesó, postuló y promovió aquel conjunto de juristas, y ni siquiera participó directa o indirectamente en la consulta políticamente aconsejable de sus nombres; tampoco tenía relación de vista, trato y comunicación con ninguno de ellos, y nuestra posición fue la de una prudente abstención. Precisamente por ello, sin afán de postulación alguna, y menos aún cuando no tenemos influencia directa sobre las negociaciones, parece justo recordar a quienes no abandonaron sus responsabilidades bajo las inclemencias del destierro y continuaron aportando a la causa venezolana.

Por ejemplo, señalemos a Luis Manuel Marcano Salazar, a quien conocimos personalmente en la sede de la embajada de Chile donde encontró refugio y desde la cual, junto a otros compatriotas, pudo salir hacia ese gran país del sur que tan generosamente lo acogió; jamás se desprendió de la tragedia venezolana y, con un extraordinario testimonio académico, contribuyó a pensar su reconstrucción. Su exigente bibliografía que combina inquietudes jurídicas y literarias, nos condujo primero al entonces novedoso principio de la responsabilidad de proteger (R2P), cuyo libro fundamentó nuestras intervenciones a cámara plena, y luego a una muy pertinente investigación sobre la transición política venezolana este mismo año; ahora, en fecha recentísima, tenemos  El paradigma de la disolución judicial, obra de enorme trascendencia prologada por Luis Almagro y Jörg Alfred Stippel, que llevamos a medio camino. Por eso, cuando se hable del llamado “TSJ en el exilio”, conviene recordar que no se trata de una abstracción ni de una instancia judicial completa, sino de personas concretas que pagaron muy caro aquel juramento y que, más allá de cualquier decisión sobre la futura integración del Tribunal, merecen no ser olvidadas.

Reproducciones: empleo de la IA a partir de “Mundial de levantamiento de pesas juvenil se vive en el Panam Sport Channell” (21/05/2024);

https://www.panamsports.org/noticias-deportivas/el-mundial-de-levantamiento-de-pesas-juvenil-se-vive-en-el-panam-sports-channel/

domingo, 22 de febrero de 2026

La mirada política

DE LA LITERATURA POLÍTICA: LA TRANSICIÓN

Luis Barragán

Experiencia universal, hemos pasado de la cultura tipográfica a la digital de la cual se ha beneficiado también la reflexión política más densa, selectiva y variada. Sin embargo, en el caso venezolano, los problemas políticos gozaron mucho más de los favores de la imprenta antes que ahora supuestamente ganados por la masiva interconectividad.

Por supuesto, nuestro caso tiene una mayor relación con la saturación polarizante y la banalidad escapista, condensado en el ya inexplicable desprestigio de la política, lo político y los políticos. Asunto paradójico el nuestro, cuando se le quiere hacer resistencia al autoritarismo, por decir lo menos, con ganas de superarlo, por decir lo más.  

Un libro de reciente factura, nos coloca en el camino de reivindicación de la literatura política: “Venezuela 2026: la transición quenecesitamos” (Editorial Torre del Paine, Santiago de Chile), suscrito por Luis Manuel Marcano, académico de extraordinarias credenciales, magistrado del TSJ forzado al exilio y también poeta.  Contrario a la vieja bibliografía relacionada con voces más periodísticas y literarias que adentraban el bisturí en nuestros problemas fundamentales, esta vez, el lenguaje académico relativamente accesible es el que permite abordar una materia imposible de resumir en las redes digitales y que amerita de un extenso y profundo planteamiento, como ocurre en otros países al amparo de la democracia liberal: asunto que solemos evadir, pues, hay mercado editorial y autores capaces de dar campanadas siendo o no políticos de oficio o profesión, en otras latitudes.

La transición es el dolor de cabeza de los días que corren y son muchos los que nos juran en medio de ese proceso por razones proselitista, por una descarada improvisación, o por simple necedad. De modo que los argumentos del autor venezolano resultan pertinentes e indispensables para la discusión pública y, en el caso de no compartirlos, se puede y debe alegar absolutamente lo contrario en las conversaciones cotidianas, en las reuniones formales e informales de cualesquiera entidades políticas y grupos de presión, en las numerosas entrevistas de las redes, en el terreno que se desee, dentro y fuera del país.

El primer logro seguro hacia una transición para quienes la desean o la niegan, es que sea parte de la controversia inherente a toda iniciativa, esfuerzo, tarea, inquietud, gesto y desplante de naturaleza política. Un preciso manual de discusión lo ofrece Luis Manual para que los que coincidan o desmientan, pues, luce recurrente, la tentación común es la de hablar de transición y de transiciones, haciéndolo realmente de otra cosa – incluso – ajena para enredar más la cuestión.

Ilustración: Toni Tasco.

23/02/2026:

https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44034-de-la-literatura-politica-la-transicion

jueves, 17 de febrero de 2022

Hasta nuevo aviso

EL PANTEÓN NACIONAL: UN COOPERSTOWN POCO RIGUROSO

La lista de los próximos que ingresarán al Panteón dependerá, en gran medida, del gran desenlace político de los próximos años en Venezuela.

Alexis Correia

“Aquí tenemos 145, y el que llega el lunes es el 146”, decía el jueves uno de los guías del Panteón Nacional en alusión a Fabricio Ojeda (1929-1966): el primer guerrillero que reposará cerca de Simón Bolívar, a partir de este 23 de enero, un homenaje que ha cuestionado su propio hijo

Próximamente entrarán en este recinto sagrado la Negra Hipólita y la Negra Matea, esclavas que cuidaron a Simón Bolívar en su infancia, así como la líder indígena Apacuana.

No es serio este cementerio, se pudiera alegar, como en la canción del grupo español Mecano. La cuenta que sacamos en El Estímulo cotejada con varias fuentes, y que compartimos en este archivo de Excel, es que los fantasmas que habitan el Panteón son 144 y Ojeda será el número 145.

A ellos hay que agregar otros 17 cuyos restos reales (si es que hay realidad tras la muerte) no están allí, pero que son recordados a través de monumentos, placas o arcas con tierrita simbólica, entre ellos tres cuarto bates de la venezolanidad y sendos nombres de importantes avenidas caraqueñas: Miranda, Sucre, Bello, lo que devalúa un poco a este Cooperstown vernáculo.

DOS TERCIOS DE MILITARES Y SÓLO SEIS DAMAS

Apenas seis son damas: la heroína del billete de 20 (y de 5.000), Luisa Cáceres de Arismendi, pasó literalmente cien años de soledad, sin compañera para conversar cosas de chicas desde 1876 hasta 1977, cuando llegó la pianista Teresa Carreño. Y predominan las charreteras: 94 militares (58%) contra 64 civiles y cuatro sacerdotes.

Hay que decir que esa proporción era mucho mayor antes de la llegada de la Cuarta República, que entre 1958 y 1999 exaltó a 21 civiles entre un total de 34 nuevos ocupantes (62%), entre ellos la citada Teresa Carreño, Teresa de la Parra, Andrés Eloy Blanco, Arístides Rojas, Alberto Adriani, Lisandro Alvarado, Mario Briceño Iragorry, Rafael María Baralt o los doctores Razzetti, Rísquez y Rangel.

CUIDADO DONDE PISA

Un cálculo hecho a ojo por ciento en una visita presencial el pasado jueves permitió calcular que en el suelo hay espacio para aproximadamente 20 o 30 tumbas más (se supone que debe haber cierta separación entre cada una). La sensación más incómoda la provocan precisamente esos inhumados de menor rango cuyas losas se pisan por descuido mientras se recorren los pasillos, es decir, la gran mayoría.

Juan Vicente Gómez, el dictador que sólo salió muerto de la presidencia, jamás se juntó con la chusma: tiene su propio panteón en Maracay.

El viernes el recinto permaneció cerrado, mientras se escuchaban los martillazos de los obreros que abrían la losa para Ojeda.

La imaginación se pone a volar al recordar que allí, a pocos metros uno del otro, están enterrados el caudillo que asaltó al Congreso Nacional en 1848, José Tadeo Monagas, y el diputado civil que, en sus propias palabras, jamás se le prostituyó: Fermín Toro. ¿Se pondrán a pelear cuando se apagan las luces y todo el mundo se va?

“Aunque el Juicio Final nos trate por igual aquí hay gente de rancio abolengo”, diría el grupo Mecano: una de las castas más singulares la integran los 12 próceres que llegaron allí antes del traslado de Simón Bolívar (octubre de 1876) o que ya estaban en la anterior iglesia, entre ellos Ezequiel Zamora.

Otros privilegiados son los cinco que reposan al lado de Bolívar: Simón Rodríguez, Antonio Leocadio Guzmán (esa chapa te la ganas cuando eres el papá del creador del Panteón) y los edecanes Daniel O’Leary, Diego y Andrés Ibarra. Aunque no es venezolana, Manuelita Sáenz entró coleada de manera simbólica en 2010, precisamente para que Bolívar se sienta menos solo.

EL VENTE TÚ DE GUZMÁN BLANCO

El Panteón Nacional, antigua iglesia de la Santísima Trinidad, funciona como tal desde 1874 por decreto de Antonio Guzmán Blanco, el presidente megalómano que en agosto de 1999 se convirtió en el primero de los 14 incorporados por el chavismo al Salón de la Fama (la fachada que conocemos actualmente se construyó en 1929, y la extensión con forma de pista de patinaje extremo que aloja al sarcófago de Bolívar se añadió en 2013).

Los primeros criterios de selección rigurosos para entrar al Panteón los establece Eleazar López Contreras en 1939: por ejemplo, un margen de espera de 25 años luego de la muerte, para dar chance a que el difunto sea juzgado de manera más desapasionada por la historia. Antes aquello fue un verdadero “vente tú” que permitió que se colearan numerosos generales anónimos de la Independencia o la Guerra Federal, algunos de los que se desconoce siquiera la fecha de nacimiento o muerte, así como grises funcionarios que sirvieron al guzmancismo.

Antes de 1999, la desaparecida Cámara de Senadores era el semáforo que daba luz verde. Según la Constitución vigente (artículo 187), la iniciativa corresponde al “Presidente de la República, las dos terceras partes de los Gobernadores o Gobernadoras de Estado o de los rectores o rectoras de las Universidades Nacionales en pleno”.

LOS QUE SOBRAN

El historiador Rafael Arráiz Lucca prefiere ver el vaso medio lleno. “No voy a enumerar los que me parece que no deben estar allí, pero cualquiera que revise la lista los advierte. Al revés, te voy a señalar quiénes me alegra mucho que estén allí.

Venezolanos cuyos aportes son extraordinarios: José María Vargas, Fermín Toro, Agustín Codazzi, Rafael María Baralt, José Luis Ramos, Arístides Rojas, Lisandro Alvarado, Teresa Carreño, Martín Tovar y Tovar, Andrés Eloy Blanco, Mario Briceño Iragorry, Vicente Marcano, Teresa de la Parra, Rafael Rangel, Luis Razzeti, Armando Reverón, Luis Sanojo”.

“Me parece bien que los venezolanos tengamos un lugar a donde llevar los restos de nuestros grandes hombres. Eso es bonito. Me parece correcto y deseable. Creo que fue una buena decisión de Antonio Guzmán Blanco”, añade Arráiz Lucca.

“En el Panteón sobran personajes que estuvieron en la Guerra Federal y que su único mérito para estar allí fue haber acompañado a Zamora o Joaquín Crespo”, critica el historiador Daniel Terán-Solano, que cita a tres generales desenterrados y vueltos a enterrar por el chavismo en 2008: José de Jesús “El Agachado” González, Zoilo Medrano y Donato Rodríguez Silva.

“También sobra José Tadeo Monagas, que aunque fue un destacado prócer de la Independencia, se convierte en el primer dictador de la historia republicana. Cipriano Castro reprimió y asesinó a sangre fría a opositores derrotados y castigó al rebelde sector estudiantil de la época. Fue un hombre de muchos excesos personales. El prócer independentista Juan José Rondón también debería quedar fuera, pues primero sirvió al terrible Boves”, agrega Terán-Solano.

EN LA LISTA DE ESPERA: DE USLAR PIETRI A BAUDILIO

La lista de los próximos que ingresarán al Panteón dependerá, en gran medida, del gran desenlace político de los próximos años en Venezuela. Si el chavismo permanece indefinidamente en el poder por la vía que sea (incluida la de hacerse los locos), no cuesta mucho imaginar a Hugo Chávez al lado de Bolívar en el año 2038. Tampoco a José Vicente Rangel, por ejemplo, cuando indefectiblemente abandone este plano de la realidad.

Arturo Uslar Pietri, una de las pocas figuras que se pueden calificar como políticamente neutras en estos tiempos, será elegible en 2026. José Ignacio Cabrujas, en 2020. El científico Jacinto Convit en 2039. El ex presidente Rafael Caldera en 2034. El cantautor popular Alí Primera es candidateable desde 2010.

El historiador Lucas Castillo Lara, en la imprescindible guía de referencia publicada en el centenario del Panteón (1976), publicó una lista de elegibles aprobados por el Senado pero que, por una u otra razón (entre ellas el olvido), jamás han sido entronizados: entre ellos, el escritor Eduardo Blanco, el matemático Juan Manuel Cagigal, el sacerdote José Cortés Madariaga o el músico José Ángel Lamas.

Rafael Arráiz Lucca lamenta la ausencia física de Rómulo Gallegos (cuyos restos fueron vejados recientemente en el Cementerio General del Sur) y también de Mariano Picón Salas, que expresó en vida su deseo de permanecer en Mérida.

María Soledad Hernández, historiadora de la UCAB, se la juega por Convit, Arnoldo Gabaldón y sacerdotes como el obispo Mariano de Talavera y Garcés. “El debate debería corresponder a la Asamblea Nacional. Lo que sí no debe privar en la selección es el criterio exclusivamente político o doctrinario. Eso es imperdonable, ya que un Panteón no es un simple cementerio”, considera Hernández.

Daniel Terán-Solano va un poco más allá y pide que sean también considerados los deportistas: “Teo Capriles, Alfonso Chico Carrasquel, Pompeyo Davalillo, Baudilio Díaz, Rafael Vidal o Asnoldo Devonish. Lo más evidente es que faltan civiles, mujeres y representantes de otras minorías”, sostiene el profesor de la UCV, que también clama por la incorporación de intelectuales y escritores como Miguel Acosta Saignes, Manuel Caballero, Cabrujas, Miguel Otero Silva, Salvador Garmendia, Eugenio Montejo u Francisco Herrera Luque; el científico Humberto Fernández Morán; los artistas Alfredo Sadel, Vicente Emilio Sojo, Carlos Raúl Villanueva, Jesús Soto o Manuel Cabré; el empresario Eugenio Mendoza; el educador Luis Beltrán Prieto Figueroa; y destacados inmigrantes como Isaac Chocrón y Vicente Gerbasi.

La lista de incorporados al Panteón Nacional por el chavismo (con un asterisco, los representados por restos simbólicos):

1) Antonio Guzmán Blanco, presidente militar (1999)

2) Guaicaipuro (*), resistente originario (2001)

3) Josefa Camejo (*), heroína independentista (2002)

4) Cipriano Castro, presidente militar (2003)

5) José Félix Ribas (*), héroe militar independista (2005)

6) Manuela Sáenz (*), amante de Bolívar (2010)

7) Pedro Camejo, “Negro Primero” (*), héroe militar independentista (2015)

8) Juana Ramírez, “La Avanzadora” (*), heroína independentista (2015)

9) Armando Reverón, artista plástico (2016)

10) César Rengifo, pintor y dramaturgo (2016)

11) Fabricio Ojeda, periodista, político y guerrillero (2017)

A ellos hay que agregar tres generales de la Guerra Federal desenterrados e inhumados nuevamente en 2008: Zoilo Medrano, José de Jesús “Agachado” González y Donato Rodríguez Silva.

08/03/2017:

https://elestimulo.com/el-panteon-nacional-un-cooperstown-poco-riguroso/

miércoles, 30 de abril de 2025

Data

LA PRIMERA DIVISIÓN

Eleazar Díaz Rangel  

1944 fue un año decisivo en la II Guerra Mundial. La Alemania nazi estaba acorralada por las fuerzas soviéticas en el Este, y las estadounidenses por el Oeste. Parecía inminente el segundo frente, la invasión a Francia ocurrió el 6 de junio. Once meses después tendrán que rendirse, Hitler se suicida.

Entre tanto, aquí se organizaban la Asociación Juvenil Venezolana (de AD), y la Confederación de Jóvenes de Venezuela (PCV), y la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV) es dividida por la derecha que forma la Unión Nacional de Estudiantes, con Caldera al frente. En cambio, el movimiento sindical hacía esfuerzos por unificarse. En febrero se instala la Comisión Organizadora de la Convención Obrera, aunque la presidía Augusto Malavé Villalba y lo acompañaban José González Navarro, Francisco Olivo, etc, dominaban los comunistas con Jesús Faría, Luis Miquilena, Manuel Taborda, Francisco J. Arrieti, Luis Felipe Ojeda. El PCV era mayoría en los sindicatos. En esos días viene Vicente Lombardo Toledano, presidente de la Central de Trabajadores de América Latina, su discurso en el Nuevo Circo fue un impulso a la unidad y combatividad de clase. También hablaron Andrés Eloy Blanco, Faría, el ministro Julio Diez, y Ramón Quijada, dirigente campesino.

El 10 de marzo se instala en el Nuevo Circo, con delegados de 150 sindicatos, de los cuales 106 dirigidos por comunistas y 44 por adecos. El 24 fue convocada la sesión de clausura en el Teatro Olimpia, donde debía elegirse la directiva de la nueva central sindical nacional, y ésta quedaría constituida. Llegado a este punto, los comunistas proponen que la directiva sea electa proporcionalmente, según sus fuerzas, mientras Quijada, por AD, propone que sea alguien independiente. Interviene Juvenal Marcano, se declara comunista y que siendo mayoría pueden decidirlo solos. Los sindicalistas de AD, después de acusar de comunistas a esa mayoría, se retiran, como lo habían acordado. Según versión de P. B. Pérez Salinas, en 1948 primer presidente de la CTV, también fue tema controversial un proyecto de acuerdo contra la revista “Selecciones” del Readers Digest.

En esa época estaba vigente la Constitución de 1936, cuyo artículo 32, inciso VI, establecía: “Se consideran contrarios a la independencia, a la forma política y a la paz social de la nación, las doctrinas comunistas y anarquistas; y los que las proclamen, propaguen o practiquen, serán considerados como traidores a la patria y castigados conforme a la ley”.

Imagínense ustedes esa disposición.

Ese mismo día levantan el acta de quienes se quedaron, y posteriormente, la Gobernación del Distrito Federal, dicta un decreto disolviendo la Convención e ilegalizando los 93 sindicatos y las tres centrales que permanecieron.

Políticamente, nadie le encontraba explicación, toda vez que el PCV apoyaba al gobierno del presidente Medina Angarita y AD era su más férreo opositor. Esta decisión generó una histórica polémica entre Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva.

¿Hubo influencia de la embajada de EEUU? ¿Fueron los sectores más reaccionarios del gobierno, incluidos militares, los que presionaron? Como sea, ha marcado la historia del sindicalismo.

Tales sucesos impidieron que se celebrara el 1º de mayo y estaba vigente el decreto del presidente López Contreras declarando el 24 de julio día de los trabajadores, en homenaje a Bolívar. Comenzó un largo proceso de lucha por la legalización de los sindicatos disueltos, y entre tanto, AD agrupaba la mayoría sindical, inesperadamente, con apoyo del gobierno.

Todos los esfuerzos posteriores por la unidad de la clase obrera fracasaron, ese período se alargó durante todos los años de la dictadura (1948-1958); derrocada, fue posible reunir un tercer Congreso de donde surge una CTV unitaria, con amplio predomino adeco. Esa unidad se rompió poco después. Y como es usual decirlo, pese a los esfuerzos hechos, sigue siendo una materia pendiente de la clase obrera venezolana que adolece de unidad y de conciencia de clase.

El jueves habrá otra celebración dividida, como se ha hecho, ¿inevitable?

9 yaracuyanas

Estuve en San Felipe en Semana Santa, y me traje estas breves impresiones:

1 No encontré hoteles ni posadas, estaban full. Nos salvaron Argenis y Gladys.

2 Tampoco había guarimbas ni nada parecido. Yaracuy es uno de los estados que no figura en el mapa del guarimbeo. Las pocas protestas son pacíficas.

3 La vialidad en buen estado, pero faltan señales advirtiendo curvas peligrosas, que las hay, en la carretera a Nirgua.

4 En la feria del buñuelo, en Cocorote, era más fácil encontrar churros que buñuelos. Pero lo mejor eran las arepas con chigüire.

5 Un mensaje que le transmito al gobernador Julio Heredia: una mayor atención al parque Leonor Bernabó, que, remodelado, podría convertirlo en otra atracción turística.

6 El mejor sitio para comer es el restaurante de granja Momento. Y para desayunos criollitos: búsquelos con Adelaida Martínez (96 años), en la calle 8 con Avenida 10. ¡Tiene 50 años preparándolos!

7 Los constructores de centros comerciales deben ignorar que en San Felipe no hay salas de cine y que un significativo porcentaje de la población, hace sus compras en los C.C de Barquisimeto.

8 Los aficionados al fútbol de duelo: a Yaracuyanos lo bajaron a segunda. Es un problema de billetes. Supongo.

9 Como hace unos 80 años, en estos días se celebran las Ferias de Mayo, en homenaje a San Felipe, patrono de la ciudad.

Apartando la amnistía que decretó el presidente Hugo Chávez, en la historia contemporánea no aparece otro antecedente. Cuando gobernaban los adecos (Betancourt y Leoni: 1959-1964) hubo centenares de presos políticos, y demandas de amnistía, particularmente en épocas de Navidad y ambos gobiernos fueron inflexibles, aunque hubo decretos parciales de sobreseimiento de juicios y de indultos. Quien la reclama hoy como condición para que el diálogo avance, es Henry Ramos Allup, secretario general de AD. ¿Qué pensaba él cuando se pedía una amnistía que favoreciera, entre otros a Pompeyo Márquez y a Teodoro Petkoff, a quienes se les acusaba de rebelión militar, pero no de la muerte de alguien? En AD hubo partidarios de esa ley, pero HRA era de la línea dura.

Vargas Llosa debió aclarar a cuáles estudiantes saludó, porque de los 2.600.000 universitarios, ni 3% participa en protestas.

Uno se pregunta si el rendimiento de Alex Cabrera en nuestra temporada, cuando ganó la triple corona y batió el récord de jonrones de Baudilio Díaz, estuvo estimulado por el uso de anabolizantes, como acaba  de ocurrir en México, donde no podrá jugar nunca más.

Henri Falcón declara  que “las protestas pacíficas  y constitucionales no se pueden limitar”. Ningún derecho ciudadano  es absoluto e ilimitado.  El art. 68 contempla límites  en “los requisitos que establezca la ley”.

27/04/2014:

https://www.aporrea.org/actualidad/a187090.html 

Ilustraión: Gosia Herba.

La reconstrucción del Estado

DISOLUCIÓN JUDICIAL: AUDITORÍA DE UN PROCESO Luis Barragán En nada debe extrañar que el proceso de disolución social en Venezuela, adver...